
CHIMPANCÉ
Año a año,
como los anillos de un árbol
en nuestra frente,
el tiempo va horadando el abismo
en el que seguimos cayendo.
Nuestros sueños cuelgan de las ramas
como lianas resecas y cansadas,
y nuestros ojos se pudren
como manzanas olvidadas
sobre la tierra.
La risa más sincera
parece impostada frente a la realidad,
y el llanto no nos consuela
ni nos desahoga.
Sólo la esperanza parece ser inmune
al tiempo.
Sólo ella,
que es como un árbol escondido
que siempre da frutos dulces
y jugosos,
frutos que nos mantienen
aferrados a la vida,
a pesar que su voz
suene como el rugido de un estómago vacío.
Sólo la esperanza nos recuerda
que es necesario enterrar el cuerpo
en las fauces de una fiera,
para que el placer del mundo
se desgaje como una mandarina
entre las manos,
y que primero hay que ser ahorcado
por las garfas del hambre,
para que la carne del durazno
se derrame como néctar
en los labios.
A la sombra de la esperanza
los anillos del árbol no desaparecen,
y las desgracias no dejan de caer
como una cascada de dátiles
sobre la cabeza,
pero nuestros sueños
ya no cuelgan de las ramas
como lianas resecas y cansadas,
sino que, ahora,
cada uno de ellos
es un árbol fuerte y macizo
de infinitas e inmortales raíces.
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