jueves, 19 de julio de 2007

El clan


KOALAS


Suspendidos en el tiempo
y prendidos en lo alto
de la corteza de un árbol,
mi madre y yo,
sincronizando las miradas,
fijamos nuestra atención
en el siguiente destino:
la copa de un frondoso eucalipto
que, a la distancia,
nos parece cálido y sereno.
Lentamente y con paciencia
mi madre baja el árbol hasta el suelo,
mientras yo me aferro a su barriga
y aprieto mi cabeza entre sus pechos.
Un lago se nos atraviesa en el camino,
excusa perfecta para reflejarnos el alma
en sus aguas diáfanas como un espejo.
No existe diferencia entre nosotros,
por eso nos miramos con detenimiento
para poder reconocer nuestra esencia
en el cuerpo del otro,
que es única y es la misma,
la misma nariz como el botón de un saco,
los mismos ojos como redondas madejas de lana
que se han ido desenredando desde el rabillo
hasta rasgarse como el horizonte,
las mismas orejas como las asas
en las tazas de té,
los mismos labios,
la misma cabeza redonda
como el mundo que deseamos
y que, desde el lago,
nos parece tan lejano
como la copa de un frondoso eucalipto
que, a la distancia,
se nos antoja cálido y sereno.

2 comentarios:

Fabricio Escajadillo del Solar dijo...

Recuerdo que una tarde, mucho después de tu partida a España, este poema fue leído por Moisés en una visita que li hiciera. Recuerdo mi sobrecogimiento, y mi nula posibilidad de crítica. Simplemente, me identifiqué; el texto y yo fuimos uno, por un instante. Eso, supongo, es lo que de alguna manera se busca, verdad?... Un abrazo desde Perú, hermano, con mi más grande muestra de admiración.

Miguel Ángel Sanz Chung dijo...

Así es, eso es lo que se busca, amigo mío, y que algún día se encuentre es la mayor alegría.
Un abrazo más fuerte para ti, hermano, con todo el cariño del mundo.