
ARAÑA
Sé que debo acercarme a ti
con la cabeza gacha,
sin murmurar una sola palabra,
controlando el libre albedrío
de mis ocho patas,
midiendo cada paso hacia tu cuerpo,
respirando suavemente y sin erizarme,
mirándote de reojo de cuando en cuando
para cerciorarme de que tu ánimo
aún sea favorable,
encorvándome hasta besar el suelo
-si así me lo indicas-
y sonriéndote tiernamente
cuando por fin me otorgues tu permiso.
Sé que debo sacudirme el polvo tres veces
antes de comenzar a trepar por tu tejido,
ascender lentamente sin oscilar en demasía,
tomando con delicadeza la fibra lubricada
de tus hilos transparentes,
acariciándote desde la urdimbre de tu tela,
estimulando el deseo
desde el leve movimiento de tu lecho.
Sé que debo acercarme a tu espalda
rodeando con paciencia tu cuerpo,
aferrarme de tu abdomen
y posar mi vientre sobre tu piel de hierba,
acercar mis tenazas a tu cuello
y morderte hasta el desvarío
cuando tu estremecimiento
me indique el momento preciso.
Así, cuando se agote el último estertor,
sé que debo alejarme de ti rápidamente,
antes que tu veneno me alcance
o el peso de tus patas me fulmine en un instante.
Una vez lejos del peligro,
sé que no debo burlarme de tus gritos,
de tus insultos
o de tus enérgicos aspavientos,
pero, sobre todo, de esas amenazas de muerte
que cada día se hacen más frecuentes
y que se logran dulce manjar
en mi paladar de esclavo.
SERPIENTE
Todo peligro implica,
en sí mismo, una paradoja:
a la vez que nos intimida,
también nos tienta
con su gran poder de seducción.
Infinitas son las formas
en que se manifiesta,
e infinitas las carnadas
que utiliza para atraernos.
Hoy, el peligro es una Serpiente,
y la Serpiente es un río,
y el río es la constancia de una corriente
que tira de mi voluntad
y me incita a lanzarme sobre ella.
Parece que el eterno fluir
hacia un mismo sentido
es la promesa
de una feliz comunión con el agua,
que nos llevará a la desembocadura
de un fabuloso destino.
Hoy, el peligro es una Serpiente,
y la Serpiente es un río,
y el río es una hembra
que se desliza por un cauce
lleno de piedras y alimañas.
Parece que el nivel del río aumenta
y salta sobre la orilla
sólo para morder mis pies
y depositar sobre ellos su veneno.
Ahora, entre mis dudas
y el aturdimiento
por el rumor de las voces
que salpican del río,
estoy sintiendo que las piernas me flaquean.
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