jueves, 19 de julio de 2007

El macho solitario



JAGUAR


Mi universo es lo que toco,
veo y huelo.
Nace en mis recuerdos más antiguos
y se extiende, como una cadena de imágenes,
hasta el último de los árboles
que alcanzo con la mirada.
Mi camino es la huella
que, como una cicatriz,
dejo grabada sobre el lomo de la selva.
Mi destino es el presente,
y el tiempo que he vivido,
son los años que llevo tatuados
como islas de sufrimiento sobre la piel.

En mi universo existe un orden
tan brutal y salvaje
que me resulta incomprensible.
No existen reyes ni súbditos,
existen depredadores y presas.
Y tener que matar para calmar
este apetito incontenible,
y aguantar la desesperación de mis víctimas
cuando apreto su cuello entre mis fauces,
y soportar la tortura del silbido que emiten
cuando sólo respiran con un hilo de aire,
es tener la convicción
de que después de la muerte
no existe el infierno;
el infierno está aquí,
untado sobre nuestra lengua
que muere con cada bocado.

En mi universo
la crueldad es ironía;
se ensaña con cada eslabón de mis recuerdos,
los tiñe de luto y los viste de sangre,
los toma por la cintura
y los tritura con la misma violencia
con la que despedazo a una presa.
Por eso la crueldad
no lleva otra cara que la mía.
Yo soy el que tritura los recuerdos
de las madres que vieron a sus hijos
morir bajo mis garras.
Yo soy a quien evocan
cuando maldicen a la vida por su suerte.
Y con los colmillos desenfundados,
y con los ojos que muerden,
soy la imagen del terror
que domina sus pesadillas.

Ya no tengo fuerzas
para seguir tirando de esta cadena.
Aunque me sobran energías
y una sola razón para seguir viviendo,
una sola y férrea esperanza:
que algún día llegue a mi destino
alguien más fuerte, más violento
y con más hambre de muerte que yo,
y devore mi carne trozo a trozo,
y con ella mis recuerdos, uno a uno,
para que vivan en él y se multipliquen
y germinen en su alma con dolor,
incomprensibles, como lo son para mí.

Lástima que el futuro
no forme parte de mi universo.

TORTUGA


Cuando exigen de mí
aquella muestra de grandeza,
con la mirada jadeante
y las patas sudorosas,
hurgando entre mis ropas
como si escondiera adrede
la materialización de mi talento;
no puedo más
que abandonarme
a los aullidos,
a la sorna de las Hienas,
a las fauces abiertas que muestran,
con cavernarias sonrisas,
agudas estalactitas
hambrientas de carne.
No puedo más
que bajar la cabeza,
pero sin conformismo, sin rendición,
sino, más bien, con la paciencia
que le tenemos las Tortugas
a la ansiedad de las bestias.
Bajar la cabeza para
dejar caer la mirada
sobre mis manos, mis pies,
o alguna parte de mi cuerpo
que represente físicamente
el instrumento de mi esperanza.



RINOCERONTE


Por más que fuerzo la vista
me cuesta creer,
viendo a los demás Rinocerontes,
que yo también soy uno de ellos.
Aunque no me hace falta tener vista de Halcón
para saber que este cuerpo de montaña
y estas patas de Elefante
no me pertenecen;
menos aun esta piel de granito
y estos pobres ojos de Escarabajo
-que no me extrañaría
si un día salen volando-;
pero, lo peor de todo,
son estos crueles y malditos cuernos
que me han sentenciado
a una muerte prematura,
y que, además, han terminado por afirmar
esta imagen agresiva
que tantos problemas me trae.
Si supieran, realmente,
que sólo me atrevo a embestir
cuando mojo la hierba de miedo.

Este cuerpo no me pertenece;
sólo guarda proporción con mi tristeza.
Y a pesar que el Búho piense
que no soy más
que un gigantesco monstruo
estúpido y ciego,
yo siento que mis sueños necesitan
la ligereza y las alas
de aquellas aves
que siempre vienen a posarse sobre mi lomo.

No sé si exista alguna razón
para explicar aquello en lo que creo;
pero, tal vez,
mi destino era volar
y deshacerme en el viento,
y no morir aplastado
bajo el peso de un cuerpo
que no entiende de sueños.