
RORCUAL
El tamaño del Rorcual
es lo de menos.
Poco importa si su peso
es de 100 ó 150 toneladas,
o si es capaz de partir en dos un barco
con un azote de su cola.
Poco importa si su sonrisa de cepillo
es la más grande y sincera de la Tierra,
o si carga un géiser sobre su espalda,
o si es una fuente de agua
bendita por su alma.
Poco importa si respeta
a sus congéneres,
o si es inofensivo,
o si su ego es más pequeño
que sus ojos de Caracol.
Al final, el Rorcual siempre será
el Elefante del mar,
el monarca sin trono.
Porque así fue decidido,
como se decidió que el rey
fuera el antropófago,
aquel que ostenta el espolón
sobre sus lomos,
la cimitarra asesina de cristianos,
el que sonríe con sarcasmo
y muestra los serruchos entre las encías,
el Tiburón y su olfato de Vampiro.
CISNE
Ahora que el cuerpo yace tendido,
inerte tras la salvaje tortura,
todos se miran absortos,
desnudos y deformes,
cada uno ve en el otro
el reflejo vacío de su mirada,
de su malicia.
Cuando tuvieron la oportunidad,
posaron sus estériles patas
sobre el interminable cuello
y apretaron con todo su odio
hasta estrangularlo.
Enajenados, como las peores bestias,
no dudaron un segundo
hasta acabar con el último hilo de aire,
que ahora perfora sus oídos
como el silbo de una flecha
que nunca termina por llegar.
Las plumas,
que aún flotan sobre sus cabezas
como testimonio de la violencia,
una a una se posan sobre sus cuerpos,
como las ardientes esquirlas
de una vida silenciada.
A pesar de ello,
no esbozan ni una mueca
de arrepentimiento.
El mundo seguirá su curso
como lo ha hecho siempre,
y el paisaje, apenas si ha sufrido
una leve transformación:
en un paraje discreto,
un Cisne negro yace tendido
en medio de todos los Cisnes blancos
que lo mataron.
ELEFANTES
Tendido sobre el polvo
que comienza a devorarlo,
yace el cuerpo agonizante
de Babar,
el último rey de la sabana.
La descarnada humedad
y la intensidad
del matiz rojizo de sus heridas,
contrastan con la seca
y grisácea roca
de la que está hecha su piel.
Aún nos parece increíble
que su dura corteza
haya cedido al embate de las fieras,
y que en lugar de escuchar
su imponente estampido
retumbar en la planicie,
sólo se oiga el débil resoplar
de sus últimas exhalaciones.
Pero ya sus arrugas
se habían hecho incontables,
y el ritmo de sus movimientos
era muy lento y pausado.
Ahora nosotros cuidaremos
tus restos de los carroñeros,
que no respetan el marfil ni los huesos.
Nos quedaremos junto a ti
hasta que tu carne
nos abandone completamente
y deje tu esqueleto limpio
de la salvaje tentación del hambre.
Entonces, con nuestras trompas,
tocaremos, besaremos, oleremos
cada resquicio de tu recuerdo
para guardar fielmente
el aroma de tu alma en la memoria.
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