miércoles, 1 de agosto de 2007



IX



De repente, hoy las hojas
se han levantado en tropel
para reclamar como propias las aceras,
como si del mismo bosque de la infancia se tratara.

De un momento a otro
-como si lo hubieran planeado-,
cada una de ellas
-en perfecta sincronía-
elevó su hermoso cuerpo muerto sobre el suelo
y arremetió en la misma dirección contra el espacio,
con tal violencia
que los pájaros de los árboles cercanos
salieron volando despavoridos.

Todos los seres y las cosas lo presenciaron,
y muchos de ellos lo sufrieron en carne propia:
las hojas no han tenido miramientos,
no se han compadecido de nada ni de nadie,
se ensañaron con cuanto se cruzó en el camino,
utilizaron los recursos más bellos
para lograr los daños más terribles y profundos.

Estupefactos,
observamos cómo formaron torbellinos en el aire
y avanzaban serpenteando horizontales
como dragones enfurecidos,
como miles de flechas ondulantes,
se movían como cardúmenes de peces,
con la misma precisión,
al unísono atacaban todas a su presa
y en segundos no dejaban cuerpo erguido sobre tierra.

A nadie que sobrevivió por azar
se le olvidarán jamás los postes volando por el cielo,
los vehículos azotados contra las paredes,
las personas desperdigadas como hormigas.

Hasta ahora crepita en nuestros oídos
el ensordecedor grito de las hojas,
algo parecido
a los huesos triturados de una hojarasca
bajo el pie de un paseante distraído.

Después de estos sucesos
lo mejor será callar para siempre.
Nadie trate de buscar explicaciones
ni insinúe que fue el viento el causante de todo.
Algo más ha quedado suspendido en el aire,
pero nuestros ojos
hace tiempo han dejado de verlo.