miércoles, 1 de agosto de 2007

VI



El árbol es el sueño,
la utopía.

La hoja sobre el suelo,
bocarriba,
justo cerca de mi cuerpo,
es lo único real.

Infinitas veces esta hoja habrá intentado
caer bocabajo, para ovillarse como un
armadillo, para cerrarse sobre sí misma
como una pequeña esfera, como una piedra
insignificante que pase desapercibida;
bocabajo, para lograr ser algo o nada que se
pierda entre la maleza, entre el pasto seco,
sin que nadie se dé cuenta de su presencia.
Porque bocabajo nadie te conoce; solo
reconocen otra espalda, otro lomo.
Bocabajo nadie sabe cuál es la forma de tu
rostro, ni si tienes los puños cerrados, si
apretas los dientes, si frotas el cemento con
la frente o con los ojos. Bocabajo pueden
ahogarse hasta los gemidos; hasta las lágrimas
pueden sorberse bocabajo.

Y esta hoja lo sabe. Y yo sé que todo este
tiempo ella ha estado retorciéndose como
una tortuga, pataleando desesperada,
mostrando -para su humillación- las estrías
de su vientre a los paseantes, a los perros,
a los insectos. Bocabajo nadie reconocería
el dolor en su rostro; hasta la muerte podría
llegar y no sabría si allá abajo es tiempo de
tormentas en la frente o si el sol ilumina
un cielo despejado. Bocabajo no estaría
obligada a mirar el mundo, ni el mundo
podría mirarla, totalmente desnuda, sobre
la acera.


El árbol no existe.
El bullicio de sus ramas
es puro rumor,
sólo mentira.

La hoja sobre el suelo,
bocarriba,
es lo único real.
Justo cerca de mi cuerpo,
apenas a un metro de mis manos,
pero sólo a unos centímetros de mi pie.
Y el impulso de posar todo mi peso
sobre su cuerpo,
para sentir el placer de oír cómo crujen,
uno por uno,
todos sus huesos,
es algo que me es imposible evitar.

Y ella lo sabe,
pero no lo entiende,
ni me perdona;
para que ello fuera posible,
tal vez le habría hecho falta
poder andar sobre dos piernas.