
VII
Una hoja
anda tras de ti con disimulo:
por las mañanas,
aguarda tras la puerta
a que salgas con premura rumbo del trabajo;
cuando vuelves por la tarde,
antes de doblar la esquina,
reconoce el sonido de tus pasos
entre miles de pasos que regresan;
si un día cruzas la calle de forma repentina,
ella presiente el final de tu huida
antes que siquiera te arrepientas,
y si por locura se te ocurre llegar de madrugada
como el único que vibra en medio de la noche,
se regocija con el calor de tus tobillos,
que resplandecen a su rostro como antorchas.
Una hoja
anda tras de ti con disimulo,
y tú, sencillamente, lo ignoras:
es la hoja de metal
que acaricia tu barbilla frente al espejo
camino de la tibieza de tu cuello;
la misma hoja acerada
que corta con tu ayuda las legumbres
a sólo unos milímetros de tus dedos;
es la hoja de cristal
que abres con confianza todas las mañanas
para llenarte de aire los pulmones;
aquella hoja de madera
que azotas con violencia
cuando irrumpes en tu cuarto desbordado de ira;
es la hoja de papel
que reposa por millares repetida
en la biblioteca que tanto proteges y visitas;
la misma hoja que acunas en tus manos,
que cobijas sobre tu seno
hasta quedarte dormido sobre el sofá.
La hoja
que anda tras de ti
cuenta con una paciencia inagotable:
sabe que cualquier día emprenderás
aquella excursión sin importancia por el bosque;
y ella estará ahí, esperándote,
junto a millones y millones de hermanas
cuando, de repente, te apetezca
dar un paseo solitario entre los árboles.
Una hoja
anda tras de ti con disimulo:
por las mañanas,
aguarda tras la puerta
a que salgas con premura rumbo del trabajo;
cuando vuelves por la tarde,
antes de doblar la esquina,
reconoce el sonido de tus pasos
entre miles de pasos que regresan;
si un día cruzas la calle de forma repentina,
ella presiente el final de tu huida
antes que siquiera te arrepientas,
y si por locura se te ocurre llegar de madrugada
como el único que vibra en medio de la noche,
se regocija con el calor de tus tobillos,
que resplandecen a su rostro como antorchas.
Una hoja
anda tras de ti con disimulo,
y tú, sencillamente, lo ignoras:
es la hoja de metal
que acaricia tu barbilla frente al espejo
camino de la tibieza de tu cuello;
la misma hoja acerada
que corta con tu ayuda las legumbres
a sólo unos milímetros de tus dedos;
es la hoja de cristal
que abres con confianza todas las mañanas
para llenarte de aire los pulmones;
aquella hoja de madera
que azotas con violencia
cuando irrumpes en tu cuarto desbordado de ira;
es la hoja de papel
que reposa por millares repetida
en la biblioteca que tanto proteges y visitas;
la misma hoja que acunas en tus manos,
que cobijas sobre tu seno
hasta quedarte dormido sobre el sofá.
La hoja
que anda tras de ti
cuenta con una paciencia inagotable:
sabe que cualquier día emprenderás
aquella excursión sin importancia por el bosque;
y ella estará ahí, esperándote,
junto a millones y millones de hermanas
cuando, de repente, te apetezca
dar un paseo solitario entre los árboles.
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