jueves, 6 de diciembre de 2007

VERÓNICA



Dónde vas,
Verónica perdida
-errante como una sombra
en busca del Calvario-,
Verónica descalza y sin provisiones,
ciega de angustia
y casi desnuda para el frío de la noche.

¿Acaso no te han dicho
que al final del camino
sólo encontrarás mendigos, sátrapas y ladrones?
Y de seguro aún ignoras
que la sangre nunca es suficiente
para calmar la sed de los bárbaros,
y que los cuerpos ligeros como el tuyo
son el manjar preferido
de centuriones, príncipes y sarcedotes.

Verónica extraviada
-lienzo en mano y túnica raída-,
deja de herir tus pies en el corazón de las zarzas
y recoge tus pasos
hasta la única frente coronada de espinas;
olvida, por fin, el último extravío
en el pecho del soldado
y arrodíllate
frente a este madero que camina
para decirte al oído
lo que a ningún ser le será dado escuchar:

Límpiame el rostro
y límpiate el alma con el mismo sudario,
guárdalo entre tus vestidos
y aléjate corriendo sin voltear la mirada,
refugia tus piernas en el lugar más alejado
y esconde nuestro secreto en el fondo de ti misma.
En verdad te digo
que jamás contarás a nadie
lo que hoy has visto entre tus manos,
porque esta tarde has heredado
la piedra negra del misterio
y el espejo que acompaña al hombre sin rumbo
ni destino.

Desde ahora, me perderé contigo entre las calles
y volveré a las esquinas después de la carne,
entraré a las posadas fingiendo elegancia
y ofreceré el calor del verano al pie de las sillas,
recostaré mi cabeza sobre los mismos adobes
y trataré de soñar hasta olvidarme que existo:
recordaré la orilla del Jordán
y el bautizo prometido en lo profundo de sus aguas,
sumergiré la frente hasta cubrir el último cabello
y jamás regresaré
a caminar por las mismas calles extraviadas.

Nunca más Verónica descalza y sin provisiones,
nunca más abandonada y casi desnuda.
Nunca más Verónica,
ni perdida ni sola.