jueves, 6 de diciembre de 2007

HISTORIA DE LA FE




Historia de la Fe es el título de uno de los poemarios que guardo inconcluso, pero que tengo la esperanza de continuar y terminar algún día. Los poemas que hasta ahora lo conforman han sido escritos entre los años 2003 y 2004. Comparto ahora con ustedes cuatro de ellos.
ASÍ DIJO BILDAD



Terribles son las palabras de Bildad.
Sus sentencias no contemplan dudas ni arrepentimientos.
Su voz es la misma voz del Dios enajenado,
y el poder que le ha sido conferido
es demasiado gigantesco para cualquier mortal.
¿Quién será capaz de resistir sus palabras
sin doblegar su ánimo?
¿Quién, frente a su propio destino,
puede llegar a ser indiferente?
El que esté preparado que abra los ojos
y descubra su futuro después de la carne;
pero quien quebrara la voz
al pronunciar el nombre del Omnipotente,
tema por el día que termina
porque así dijo Bildad a sus oídos:

“Tú, que me miras con temor
y sientes que las piernas te traicionan,
a ti te digo que el camino es uno solo
y una la decisión irrevocable.
No existe compasión frente al lamento de los débiles,
ni frases lastimeras
que conmuevan el corazón de la justicia.
Si alejaste la mirada de los Ojos de la Vida,
el camino del retorno es imposible:
el cepo impedirá tus pasos vigorosos
y tu propio consejo te precipitará,
tus pies se enredarán en miles de redes
y todas las raíces se atarán a tus tobillos,
la cuerda se ocultará debajo de la Tierra
y tu cuerpo será arrancado del polvo,
descenderás junto al rey de los terrores
y la enfermedad se ensañará con tu organismo,
el primogénito de la muerte
devorará tus miembros por toda la eternidad
y no te sobrevivirá familia ni parentela,
de todas partes vendrá el olvido disfrazado de niebla
y tu recuerdo desaparecerá
como si, en verdad, nunca hubieras existido.
Sí, tú que me miras con temor
y sientes que las piernas te traicionan,
a ti te digo que el camino es uno solo.
Si alejaste la mirada
creyendo que podías regresar,
te recuerdo cuál es final de tu destino,
la suerte del hombre inconstante
que desconoce el verdadero poder de Dios."
SIMÓN DE CIRENE




Acompáñame, hermano,
a caminar por el desierto.
Nuestros pasos le darán sentido a tanta masacre,
a tantos sueños apilados sobre la arena,
desgarrados por asaltantes y saqueadores de tumbas.

Acómpañame,
y ciñe como varón
la alforja más pesada sobre la espalda.
Los rostros que nos siguen desde el principio
no esperan menos de nosotros,
y el placer de sus miradas atentas
es incomparable con el cansancio
o el desfallecimiento.

Ya es hora de ponernos en marcha
y olvidarnos del paraíso o el infierno.
Atrás quedaron los años
de ostentar laureles en la frente
y vestirnos con túnicas de seda.
El polvo nos ha vuelto a recordar
el verdadero peso de nuestro carne,
y el eco de nuestras risas
ha llegado para despertarnos
de los últimos delirios de la fiebre.
Todo es apacentarse de viento, hermano,
si desde hoy no caminamos juntos
y desgastamos las sandalias por el desierto.

Mírate en mis ojos.
Niégate a ti mismo.
Acompáñame al final de las estancias.
El triunfo nos aguarda desfigurado,
armado con la Lanza de los Designios
y la sentencia oscilando en su brillo.
Pero nuestras voces son más fuertes
que el muro de los lamentos,
y el dolor de la madera
no someterá nuestro espíritu
aunque claven nuestras manos en los extremos.

Simón de Cirene,
mi igual, mi hermano,
entierra por fin el último deseo,
recoge del suelo tus huesos apilados
y recuerda que todavía es siempre
porque el tiempo se detiene en nuestros pasos.
VERÓNICA



Dónde vas,
Verónica perdida
-errante como una sombra
en busca del Calvario-,
Verónica descalza y sin provisiones,
ciega de angustia
y casi desnuda para el frío de la noche.

¿Acaso no te han dicho
que al final del camino
sólo encontrarás mendigos, sátrapas y ladrones?
Y de seguro aún ignoras
que la sangre nunca es suficiente
para calmar la sed de los bárbaros,
y que los cuerpos ligeros como el tuyo
son el manjar preferido
de centuriones, príncipes y sarcedotes.

Verónica extraviada
-lienzo en mano y túnica raída-,
deja de herir tus pies en el corazón de las zarzas
y recoge tus pasos
hasta la única frente coronada de espinas;
olvida, por fin, el último extravío
en el pecho del soldado
y arrodíllate
frente a este madero que camina
para decirte al oído
lo que a ningún ser le será dado escuchar:

Límpiame el rostro
y límpiate el alma con el mismo sudario,
guárdalo entre tus vestidos
y aléjate corriendo sin voltear la mirada,
refugia tus piernas en el lugar más alejado
y esconde nuestro secreto en el fondo de ti misma.
En verdad te digo
que jamás contarás a nadie
lo que hoy has visto entre tus manos,
porque esta tarde has heredado
la piedra negra del misterio
y el espejo que acompaña al hombre sin rumbo
ni destino.

Desde ahora, me perderé contigo entre las calles
y volveré a las esquinas después de la carne,
entraré a las posadas fingiendo elegancia
y ofreceré el calor del verano al pie de las sillas,
recostaré mi cabeza sobre los mismos adobes
y trataré de soñar hasta olvidarme que existo:
recordaré la orilla del Jordán
y el bautizo prometido en lo profundo de sus aguas,
sumergiré la frente hasta cubrir el último cabello
y jamás regresaré
a caminar por las mismas calles extraviadas.

Nunca más Verónica descalza y sin provisiones,
nunca más abandonada y casi desnuda.
Nunca más Verónica,
ni perdida ni sola.