martes, 8 de enero de 2008

IGUANA



Bajo qué piedra aún
debo esconder el lomo,
detrás de qué árbol,
en medio de qué ramas;
delante de qué manantial
debo fingir ser barro,
después de qué caída de agua
debo correr sin detenerme,
sin mirar atrás, sin titubear ni un segundo;
hasta dónde he de llegar
para alejarme de cada sombra extraña que aparece,
desde qué pendiente escarpada ya
debo dejarme caer al precipicio
para terminar nuevamente con la cara sobre el río,
supino sobre el lomo de una piedra,
llevado por la corriente,
con el sol del mediodía nublándome los ojos;
porque la espalda escamosa la asumo,
la cresta afilada que me recorre de extremo a extremo
la reconozco parte de mi cuerpo,
las uñas largas, la mirada detenida,
el color de la selva reflejada en mis pigmentos
en verdad casi ya que lo agradezco;
pero la pulpa blanda de mi abdomen,
los pliegues de mi cuello atravesado por astillas,
la extensión permanentemente mutilada de mi cola
eso ya no lo concibo,
eso es más que malicia o ensañamiento;
quién podría confundir la astucia, la libertad, la salvación
con el tormento, la vejación o la angustia,
quién, siendo capaz de la belleza del agua o la roca,
ahora mismo me contempla
_impasible desde su distancia_
huyendo como una tortuga desesperada
del más tenue chillido de las aves.

Ninguna piedra más,
ningún otro árbol ni rama que me oculte.
Todo corazón tiene un límite
y los latidos no deben acelerarse hasta el desfallecimiento.
La próxima corteza por la que ascienda
sólo será para hartarme del forraje,
el próximo río en el que me sumerja
sólo existirá para huntarme de algas por el cuerpo.
En este preciso momento
en que mis miembros yacen
completamente inmóviles en medio de la selva,
puedo disfrutar ya de la brisa
y del total adormecimiento,
oigo con claridad el susurro de la Lechuza a mis espaldas
y no tengo intención de mover
ni un solo dedo de esta roca.