PEZ
Tras los cristales contemplas al Pez,
te maravillas del contraste de sus colores,
de su fosforescencia,
del tornasol y la plata de sus escamas parpadeantes,
de su graciosa apariencia de diminuto submarino cromado
vigilando, siempre atento, las profundidades del mar.
Repasas los límites de su pequeño universo;
te regodeas con alegría infantil
al contemplar el castillo de juguete
que te recuerda la leyenda
de alguna ciudad perdida bajo el agua;
sientes conquilleos en la planta de los pies
y sonríes
mientras fijas tu atención en cada detalle:
los cubos blancos de plástico
que imitan bloques de piedra clara,
la arenilla color ceniza
semejando el fondo del lecho marino,
las cuatro especies de plantas
creciendo, tupidas, desde la nada
y el pequeño motor en una esquina
vomitando burbujas como un buzo
inevitablemente condenado
a cumplir esa tarea para siempre.
Todo lo que existe en ese recinto transparente
ilumina tu alma de Anémona danzante,
repiquetean nuevamente las cosquillas
y sonríes.
Pero la mirada del Pez es diferente.
Nada de lo que ve le maravilla;
nada de lo que ahí existe motiva sus aletas.
Aunque lo intenta,
jamás halla la prolongación del océano
más allá de los cristales;
el vidrio sólo le regala su propia imagen
infinitamente repetida
y la soledad se multiplica eternamente,
como en el agua estancada sólo se perenniza
la asfixia.
Tú te maravillas observando al Pez
y al mundo que lo rodea;
y mientras lo contemplas
el Pez te contempla a ti;
te mira de arriba a abajo, lentamente,
y envidia con persistencia
un único detalle de tu vida:
qué maravilloso sería para él
tener aquellas membranas sobre los ojos
para, siquiera, poder cerrarlos
alguna vez.
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