jueves, 14 de febrero de 2008

DIMITRI



Allí donde las ves, Dimitri,
las estatuas que te rodean
sólo piensan en su propia cantera.

El hombre viejo del centro
hace tiempo que ha olvidado
la fecha de nacimiento de su progenie,
y cada mañana alza los ojos
sólo para cerciorarse de que el campo
sigue en el mismo lugar donde lo dejó.
La mujer que se yergue a su lado
ha perdido la mirada en los partos,
y hoy se lamenta en silencio, cada tarde,
cuando revuelve las brasas bajo el caldero.
Los centinelas que tienes a la espalda
te esperan para el cambio de guardia;
uno, cabeza gacha por limpiar letrinas ajenas;
el otro, mentón empinado por ser el cochero del Conde.
Las mujeres ahorcadas
con el pañuelo en la frente
ya conocen también su camino;
la más alta siembra piedras bajo la almohada;
la otra busca en la hierba los pies del marido.
Y los pequeños, a pesar de su edad,
ya saben recoger cada día
el mismo sueño entre las cejas,
enfermeras y soldados de plomo
sobre el mapa arrugado
en el escritorio del general.

Cuando traigas el agua en los baldes, Dimitri,
cuando recibas las falanges en la nuca,
ya no te aflijas por la mirada ensimismada de los bustos.
Alza los ojos por encima del granero
y piensa en que mañana
has de llevar tu sonrisa a otro lado del mundo.