La Burbuja
Vestida con mis propios colores
me aguardas fuera de esta burbuja
que no te pertenece.
Como un centinela impasible
esperas aquel fortuito desliz
que me arranque definitivamente de mi esfera.
Apoyada sobre el hombro
sostienes no se qué herramienta
para hurgar más allá de mis carnes
cuando me encuentre de rodillas frente a ti.
Pero hasta que ese día llegue
sólo te miraré de reojo
a pesar de la mínima distancia que nos separa.
La mayoría del tiempo me olvidaré de tu existencia;
y hasta habrán instantes en que tu propia sombra
también me resulte placentera.
Dentro de esta burbuja en la que no eres bienvenida
practicamos ciertos ritos que nos protejen de ti:
entrelazamos las extremidades hasta confundirlas,
aferramos las espaldas con los brazos,
frotamos las mejillas con los vientres
y tocamos los talones con la punta de la nariz;
en el centro de nuestra mesa
servimos en bandejas las entrañas de la tierra
para devorarlas entre carcajadas
y miradas de complicidad;
y por las noches,
cuando estamos más expuestos a tu mirada persecutora,
nos escondemos bajo las frazadas
para practicar un lenguaje que sólo nosotros conocemos
y que te obliga a alejarte hasta el amanecer.
El día que así sea
yo iré hacia ti.
En contra de mi voluntad
andaré el camino que sea necesario
para presentarme ante tu cuerpo sin rostro.
Todo este tiempo he ido escondiendo
la dicha de mis ritos tras el pecho.
Tal vez, cuando alces la mano para iniciar tu labor
mis costillas ya no te serán tan propicias para el desbroce.