Si se me ocurriera preguntarme en el instante en que mi mente le ordena a mi mano tomar un lapicero y ponerse a escribir; si se me ocurriera en ese instante, digo, cuestionarme el sentido de ese acto, la justificación esencial, la utilidad de dejar grabadas una retahíla de palabras que no hacen más que expresar mis ociosas reflexiones, mis dudas, mis pasiones, mis tormentos o mis placeres, tomando en cuenta, además, que la pila de papeles con contenidos semejantes llega ya hasta la parte más alta del firmamento, simplemente me sumiría en el solipsismo absoluto, más cerca de la inmovilidad permanente que del siguiente paso a dar, aunque ese paso solo fuese dejar el lapicero de nuevo en su lugar.
Y tal vez fuese la decisión más sensata abandonar definitivamente esta costumbre de escribir. Dejaría de lado tantos momentos de angustia, tantas horas de alejamiento de las personas que me rodean, tanto ensimismamiento en los mismos pasajes de este laberinto sin salida. Desde este punto de vista, no caben más excusas que intenten dotar de sentido a la terca persistencia de esta práctica; ni la necesidad de desahogo, ni la interrelación con el resto de seres humanos, ni la educación sentimental, ni cualquier otra noble justificación que se me ocurriese rebuscar son razones suficientes, ya que existen otras muchas maneras de satisfacer estas mismas necesidades.
Por eso, la próxima vez que mi mente le ordene a mi mano tomar el lapicero, lo mejor será no volver a cuestionarme por ello, dado que nunca he pretendido dejar de escribir.